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Así es como María me invitó a su casa…Aún recuerdo la primera vez que encontré el Eco de María en la capilla subterránea de la iglesia greco-católica de mi ciudad. Era el año 1997 en una pequeña ciudad del centro-norte de Rumanía y yo aún no había cumplido 17 años. Para mí, que estaba hambriento de una palabra viva y el deseo de encontrar a gente que sintiese mi misma sed de eternidad, esta pequeña publicación fue un grandísimo don. Sentí enseguida que aquellos mensajes de la Virgen me nutrían, me liberaban, me sumergían en una Luz que lo colmaba todo en mí. Y luego los artículos en los que las personas hablaban de su experiencia de Dios o explicaban acontecimientos cotidianos – o particulares – de la vida de la Iglesia me hacían gozar inmensamente porque comprendía que no era la única que tenía este gran deseo de Dios, de santidad, de entregar completamente mi vida, sino que era parte de un cuerpo, del Cuerpo de Cristo que tendía con todas sus energías al Padre. Así, escribí a la hermana (sor Anka q.e.p.d.) que traducía el Eco del italiano, para poder recibirlo regularmente. Más tarde ella me envió el libro “Vivid el amor” que contenía los mensajes de Medjugorje. Comencé a leerlos junto a mi hermana, a rezar el Rosario completo todos los días, a ayunar los miércoles y viernes, y a ir a Misa con la mayor frecuencia posible. Aprendimos también a consagrarnos al Corazón Inmaculado de María y al Corazón de Jesús con aquellas oraciones que la Virgen misma había dado a través de Jelena. Y si al principio me parecían oraciones como todas las demás, enseguida me di cuenta que la consagración no era una simple oración, sino algo que cambiaba completamente mi día: era un ofrecimiento total, un abandono a Dios a través del cual Él guiaba mi vida, la llevaba a cumplimiento y la llenaba de sí. En resumen, ¡era una Vida completamente distinta! Y así, viviendo los mensajes, sentimos crecer en nosotras el deseo de ir a Medjugorje, de encontrar más profunda-mente a Aquella que cambió nuestras vidas y nos había unido en su amor. Pero tuvo que pasar un tiempo antes de que nuestros deseos se realizaran. Nuestros padres se oponían. Por muchos motivos: Medjugorje se encontraba en una zona de guerra, las luchas aún no habían cesado del todo, estaba demasiado lejos (¡una noche y un día y medio de viaje!)… Y luego no comprendían el motivo de nuestro deseo porque ellos no vivían la fe y no iban a la Iglesia. Finalmente había otro aspecto a tener en cuenta: no costaba poco, sobre todo para una familia con muchos hijos. A sus rechazos repetidos, recuerdo que le decía a mi hermana – que me parecía estar más afligida que yo por no poder ir – que nosotros podíamos seguir viviendo Medjugorje en casa, que nuestro Medjugorje estaba allí, sobre el altar, cuando íbamos a Misa y que en la Eucaristía está todo: Jesús y María junto con todo el Cielo. Recuerdo que para mí era verdaderamente así: cuando vivía las palabras de María, La sentía dentro de mi corazón cada vez más viva, y nada podía quitarme ese gozo, ni siquiera el hecho de no poder ir a visitarla a su casa. De hecho, ¿no era esto lo que la Reina de la Paz nos había enseñado? Vivir cada día con Ella, poner al Cristo en elcentro de nuestras vidas, hacer de Él nuestra alegría más grande y nuestro todo… Así pues llegué a Medjugorje por primera vez, sólo en el 2000, junto a un grupo de jóvenes para el festival del año jubilar. Y me encontré enseguida en casa: el silencio, los mensajes, el Rosario completo, la Liturgia cotidiana, la adoración eran cosas que ya formaban parte de mi vida, pero allí pude experimentarlas más profundamente. Pude dedicarme a éstas, por así decirlo, a tiempo completo. Muchos buscaban signos, hubieran querido ver a la Virgen, iban de un vidente a otro; pero yo percibía a la Virgen hasta en el aire que respiraba, sentía cada vez más fuerte la necesidad de orar, orar, orar, de estar con Ella, de escucharla, de imitarla. Cuando volví a casa entré a formar parte de un grupo de oración que había nacido precisamente en Medjugorje, y que ponía en el centro la adoración eucarística y la oración. Estaba en el tercer año de universidad, tenía que estudiar mucho y ante mí se abrían muchas perspectivas, pero yo sentía que mi vida estaba allí: en la oración, en el ofrecimiento total de la vida – tal como la Madre había dicho en Medjugorje. Sentía que “es allí donde yo puedo dar más a la humanidad”: en la adoración, en la oración, en la contemplación, es decir, en el encuentro con el Dios vivo porque es allí donde se purifica mi corazón y donde yo puedo dar el amor más grande al mundo. Sentía cómo María me atraía cada vez con más fuerza a Cristo. Resonaban en mi corazón las palabras: “Gracias por haber respondido a mi llamada” y sentía que yo aún no había respondido plenamente a su llamada. No lo había dado todo, todo realmente. En los dos años siguientes volví seis veces a Medjugorje para pedir luz y comprender cómo podía entregarlo todo, y cada vez fue María la que se encargó del dinero, del viaje, del alojamiento; a veces incluso de forma incomprensible y completamente sorprendente. Y todo para llevarme allí, a aquel lugar al que Dios Padre la había enviado para recordar a sus hijos “el camino de la paz” y para ayudarlos a caminar, “en santidad y justicia”, hacia la plenitud de la vida. Porque Ella sabía que si yo encontraba y tocaba el infinito amor del Dios Vivo no iba a desear nada más en esta tierra queentregarme completamente a Él y ponerme a Su servicio. Ahora estoy consagrada en una comunidad contemplativa que conocí precisamente en Medjugorje, y en el silencio de la oración, a través del Corazón Inmaculado de la “Toda Santa”, ofrezco mi vida por la salvación del mundo para que puedan cumplirse los planes de Dios para la humanidad de hoy. Ruego para que cada hombre pueda acoger la invitación de la Reina de la Paz a la oración y a la conversión del corazón y descubra de este modo la bondad infinita, la belleza estupenda de Dios y el inmenso gozode vivir en Él, por Él, con Él, como Él, siempre junto a una Madre Inmaculada. Cristina Palici | | |||
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Blessed Virgin Mary - Gospa, Our Lady Queen of Peace, is with us and loves us. |
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