Comentario del Mensaje, 25 de abril de 2006

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¡Queridos hijos! También hoy los invito a tener más confianza en mí y en mi Hijo. El ha vencido con su muerte y resurrección y los llama, para que a través de mí, ustedes sean parte de su alegría. Hijitos, ustedes no ven a Dios, pero si oran sentirán su cercanía. Yo estoy con vosotros e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

En este mensaje, la Reina de la Paz nos llama a que tengamos más confianza en Ella y en Su Hijo y nuestro Salvador, Jesucristo. Sabemos que la confianza es algo importante en la vida. Es inconcebible la vida en esta tierra sin la confianza en otras personas. Podemos imaginar qué sucedería si dudáramos de todo y de todos. La desconfianza nos cierra a los demás. Cuando desconfiamos nos defendemos de los demás. Sin fe, nuestra vida está amenazada. Lo opuesto de la fe y de la confianza no es la ausencia de fe y el ateísmo, sino el miedo. El miedo hace que el hombre sienta que debe defenderse, atacar y ofender a los demás para conservar la propia vida. De esa forma, pone en peligro no sólo las relaciones interpersonales sino que también se destruye a sí mismo.

El miedo paraliza al hombre, en cambio la fe lo libera y le da seguridad, paz y libertad. El niño no puede vivir sin confianza en sus padres y por eso debe apoyarse en ellos y así crecer y permanecer en vida. Precisamente Jesús pone ante nuestros ojos la imagen del niño diciéndonos: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3). Jesús dirá tantas veces: “Tu fe te ha salvado” (Mc 5,34); “No temas, basta que creas y se salvará” (Lc 8,50); “Todo es posible para el que cree” (Mc 9,23).

Debido a la ausencia en nosotros de una fe de niño en Dios, surgen las tensiones, las frustraciones, las angustias, los estados nerviosos. Son cada vez menos los momentos en nuestras vidas en que sentimos una verdadera e intensa presencia de Dios. Nos sentimos divididos y cansados, mientras Dios continúa esperando. Jesús, través de su Madre, nos llama también hoy, y durante todos estos 25 años de apariciones de la Virgen María.

Y María, como Madre, en su mensaje nos presenta a Jesús, crucificado y resucitado, a un Jesús que vence todo lo que destruye la vida humana.

Jesucristo está vivo, no es un Jesús difunto, sino vivo. El desearía también hoy decir a través de su Madre: “Crean en mi Madre, ámenla como Yo la he amado, hagan todo lo Ella pida, a fin de que puedan formar parte de mi alegría y victoria pascual.” La Madre no puede separarse de su hijo. Por eso, tampoco María puede separarse de Jesús.

“Ustedes no ven a Dios, pero si oran podrán sentir Su cercanía” - nos dice María. Dios es Espíritu, y nosotros tenemos espíritu y capacidades espirituales con las que podemos sentir, experimentar y encontrar. Tenemos la posibilidad de creer, amar, esperar. El camino que nos lleva al encuentro con Dios es la oración. No existe otro camino o medio. Si alguien les dice que existe, no le crean. Dios nos espera a través de María. Espera cuando comenzaremos a tener definitivamente confianza en El y cuando empezaremos a vivir.

María es intercesora, mediadora y abogada nuestra ante Dios. Es incansable y no permite que permanezcamos dormidos. Ella no lleva la cuenta de sus apariciones, de sus mensajes. Ella no vive en la matemática sino en el amor. Para Ella no son importantes los números sino que cada uno de nosotros somos importantes para Ella. El verdadero amor no conoce números sino que es infinito.

Comencemos a confiar y a amar, para poder conocer y encontrar a Dios y con eso, a nosotros mismos y a los demás.

Fr. Ljubo Kurtovic

Medjugorje, 26.04.2006


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Para que Dios pueda vivir en sus corazones, deben amar.