Comentario del Mensaje, 25 de septiembre de 2006

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¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes y los invito a todos a una conversión total . Decídanse por Dios, hijitos, y encontrarán en Dios la paz que busca vuestro corazón. Imiten la vida de los santos, y que ellos sean un ejemplo para ustedes; yo los alentaré todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

En muchos de sus mensajes anteriores, la Virgen María nos ha dicho: “Yo estoy con ustedes”, “Yo intercedo por ustedes”, “me quedo con ustedes en vuestro camino de conversión”, “Yo estoy con ustedes y deseo que me crean que los amo”.

También hoy está con nosotros como durante todos estos 25 años de apariciones. Las apariciones de la Virgen no son para que esté presente corporalmente entre nosotros, sino que Ella se aparece para llamarnos a la conversión, al camino de la santidad y a una nueva vida en Jesús. Una vez los videntes le preguntaron a la Virgen: “Virgen, ¿por qué te apareces a nosotros solamente, y no a todos?” A esa pregunta la Virgen respondió: “Bienaventurados aquellos que creen sin ver”. No es necesario ver con los ojos del cuerpo. Las cosas importantes que son necesarias para nuestra vida no las vemos pero las podemos sentir mediante las capacidades espirituales que Dios nos ha dado. Así también sucede con la presencia de la Virgen aquí entre nosotros. Todos aquellos que han creído en la Virgen María han experimentado la grandeza de la gracia de Dios por medio de su fe, de su corazón abierto y arrepentido.

María, la Madre del Cielo, sabe que olvidamos fácilmente y que de igual forma nos acostumbramos a lo bueno, a las bendiciones y a las gracias. Y cuando el hombre se acostumbra, olvida al Donador, al Dios que da vida y bendición a todo. A pesar de nuestro olvido, María no se olvida de invitarnos también hoy. Es un llamado del corazón que ama y que siente dolor por cada uno de los que están lejos de Su Corazón.

También hoy nos presenta un ideal, también hoy es exigente con nosotros porque nos desea el bien. No nos llama parcial o incompletamente sino a una conversión total. Es un llamado a entrar en unión con Dios. El amor materno es exigente. No pide de nosotros lo imposible, sino que busca lo que está de acuerdo con nuestra naturaleza y con lo que anhelamos en lo profundo de nuestro propio corazón. Qué madre sería si no deseara lo mejor para sus hijos. No ha venido aquí a decirnos lo que agrada a nuestros oídos, ni lo que es fácil, ni lo que en un primer momento nos gusta. Ella habla de lo que es para nuestro bien, y para nuestra verdadera alegría y paz. No hay madre que haga bien a sus hijos si acaso les concede todos sus deseos y exigencias egoístas. Una verdadera madre sabe ser exigente en la educación de sus hijos.

María sabe dónde está la fuente de la paz que busca nuestro corazón. Y no podemos engañar nuestro corazón con cosas, ni con las más caras. El corazón sabe quien es su Creador y por eso nada que sea menos del Creador lo puede colmar. Eso lo dijo en sus Confesiones San Agustín, quien después de haber vagado sin rumbo encontró finalmente a Dios: “Nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti”.

El camino hacia Dios, el camino de la conversión, ha sido recorrido por muchos antes que nosotros, precisamente por los santos. Por eso María nos los presenta como ejemplo, modelo y aliciente. Es seguro que no nos pueden reemplazar ni pueden vivir en vez de nosotros, pero pueden interceder por nosotros, aconsejarnos y ayudarnos a perseverar y a no alejarnos de lo que es bueno, santo y positivo.

María, por ser Madre, no desiste. También hoy nos alienta, intercede por nosotros, ama, sufre por nosotros y a menudo por nuestra causa. Que su amor, cercanía e incentivo no sean vanos para nosotros y nuestras vidas.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.09. 2006


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Para que Dios pueda vivir en sus corazones, deben amar.