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www.medjugorje.ws » Eco de Maria Reina de la Paz » Eco de Maria Reina de la Paz 192 (Marzo-Avril 2007)

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Mensaje del 25 de enero de 2007
“¡Queridos hijos! Poned la Sagrada
Escritura en un lugar visible en vuestra
familia y leedla; así conoceréis la oración
del corazón y vuestros pensamientos esta-
rán en Dios. No olvidéis que sois pasajeros
como una flor de campo, que se ve desde
lejos, pero desaparece en un instante.
Hijitos, dondequiera que vayáis, dejad un
signo de bondad y amor, y Dios os bende-
cirá con la abundancia de su bendición.
¡Gracias por haber respondido a mi lla-
mada!”
Dejad un signo
Y nuestros años acaban como un suspi-
ro... porque pasan aprisa y vuelan, nos
recuerda el Salmo 89 (90).Y María nos dice:
No olvidéis que sois pasajeros como una
flor de campo, que se ve desde lejos, pero
desaparece en un instante.
La fragilidad de
la criatura humana es latente a los ojos de
todos, es experiencia común, y contra el
decaimiento y la muerte el hombre lucha
con tenacidad. La defensa de la vida, común
a todos los seres del reino animal, es en sí
misma, y dentro de ciertos límites, algo bue-
no. Pero el hombre no es un animal, y que-
rer reducirlo a tal, en la teoría o en la prácti-
ca, desquicia el orden divino de la Creación
y la daña gravemente. El hombre está crea-
do a imagen y semejanza de Dios y está lla-
mado a realizar esta imagen hasta convertir-
se en Su hijo y esto tiene una importancia
decisiva para toda la creación, porque la
expectación ansiosa de la creación está
esperando la manifestación de los hijos de
Dios
(Rm 8, 19) pues sabemos que la crea-
ción entera hasta ahora gime y siente dolo-
res de parto
(Rm 8,22).
Respecto de su propia vida, de la de los
demás, respecto de la propia naturaleza, en
cada una de sus obras el hombre no puede
comportarse como un animal, sino que en
todo debe ser imagen del Dios vivo. Debe
defender tenazmente la Vida que late en él,
la verdadera Vida, Jesucristo, y no sólo la
vida biológica que viste su cuerpo. No ten-
gaís miedo de los que matan el cuerpo pero
no pueden matar la vida; temed si acaso al
que puede acabar con vida y cuerpo en el
fuego.
(Mt 10, 28).
La verdadera medicina contra la fragili-
dad humana, contra la inseguridad de la
vida, consiste en poner nuestra vida en las
manos de Dios, a través de Jesucristo.
Consiste en custodiar y cuidar la imagen de
Dios que llevamos en el alma hasta conver-
tirnos en Sus hijos, hasta desaparecer en
Jesucristo, Su Único Hijo. En Él, desapare-
cerá toda división, toda separación, toda
semilla de muerte.
Y para que esto sea posible, para que el
Verbo de Dios viva en nosotros, debemos
abrirnos a la Palabra. Poned la Sagrada
Escritura en un lugar visible en vuestra
familia y leedla; así conoceréis la oración
del corazón y vuestros pensamientos esta-
rán en Dios.
Acercándonos a la Palabra,
recordamos a María esta promesa Suya y
así, con Su ayuda y a través de la virtud y
fuerza del Espíritu Santo, la Palabra bajará
sobre nosotros y cumplirá lo que dice, es
decir, vivirá en nosotros. Sólo entonces
nuestro pasar por la escena de este mundo,
aún efímero como la vida de una florecilla,
deja un signo; y es un signo indeleble y a la
vez sutil, porque es el signo del paso de
Jesús en nuestros pequeños, tal vez insigni-
ficantes pero verdaderos, signos de bondad
y de amor.
Y es tal vez el signo, insignifi-
cante para nosotros pero no para Jesús, que
tal vez Él usará para separar a los benditos
de Dios de los demás en el día del juicio (Mt
25, 31-46). No nos obsesionemos por hacer
cosas grandes que tal vez no estén a nuestro
alcance; hagamos bien esas pequeñas cosas
de cada día. Son estas migajas de bondad y
de amor
las que, bendecidas por Dios, cam-
biarán el mundo. Él es el que realiza la obra
a la que nos llama a colaborar, no con nues-
tra capacidad emprendedora y organizadora
sino con nuestro fiat. Y en la medida en que
nuestro Síi sea similar al de Jesús y Maria,
en esa medida Dios hará grandes cosas en
nosotros, y nosotros santificaremos Su
Nombre.
No hay signo de bondad y de
amor
que pueda prescindir de nuestro ofre-
cimiento a la bondad y amor del Padre, de
nuestro Sí, Padre, hágase en mí según Tu
Voluntad.
Nuccio Quattrocchi
Mensaje del 25 de febrero de 2007:
“¡Queridos hijos! Abrid vuestros cora-
zones a la misericordia de Dios en este
tiempo de Cuaresma. El Padre Celestial
desea liberar a cada uno de vosotros de la
esclavitud del pecado. Por eso, hijitos,
aprovechad este tiempo y a través del
encuentro con Dios en la Confesión, aban-
donad el pecado y decidíos por la santi-
dad. Hacedlo por amor a Jesús, que os ha
rescatado con Su sangre y estaréis felices
y en paz. No lo olvidéis nunca: vuestra
libertad es vuestra debilidad; por eso
seguid mis mensajes con seriedad.
¡Gracias por haber respondido a mi lla-
mada!”
Por amor a Jesús
“El Señor, el Señor, Dios misericordioso
y piadoso, lento a la ira y rico en gracia y
fidelidad”
así habló Dios a Moisés (Ex 34,
6)
cuando iba a renovar la alianza con su
pueblo. Y hoy María nos invita: abrid vues-
tro corazón a la misericordia de Dios.
Pero nosotros, tan dispuestos a reconocer
con Moisés que aquel pueblo era un pueblo
de dura cerviz
, nosotros que vivimos 2000
años después de la venida de Cristo al mun-
do y que nos llamamos cristianos, ¿creemos
en la misericordia de Dios? Es fácil y cómo-
do afirmar que Dios es Amor cuando las
cosas van según nuestros deseos y nuestras
esperas, pero cuando todo se nos cae enci-
ma, ¿reconocemos aún su Amor?
Esta pregunta es fundamental para nues-
tro camino de fe. Prescindir de la certeza del
amor de Dios por el hombre significa empe-
zar con mal pie, significa no sintonizarse
con la frecuencia con la que Dios quiere lle-
gar a nosotros. María nos sugiere el comien-
zo justo: abrid vuestro corazón a la mise-
ricordia de Dios en este tiempo cuares-
mal.
No se trata de hacer planes o de pensar
en estrategias; lo que hay que hacer es abrir
el corazón a la misericordia de Dios.
Ésta
es la actitud justa para dejar que Dios reali-
ce lo que desea hacer: liberarnos a cada
uno de nosotros de la esclavitud del peca-
do.
Dios es Amor y desea derramar en noso-
tros su amor; pero nosotros podemos impe-
dirle que realice este deseo. Su amor nos ha
sido dado, ha sido elevado en la cruz, se hizo
Pan por nosotros, ha unido la tierra al Cielo,
es Jesucristo Hombre y Dios.
El tiempo cuaresmal es tiempo particu-
larmente propicio para encontrarlo. Utilizad
bien este tiempo y a través del encuentro
con Dios en la confesión dejad el pecado y
decidíos por la santidad.
Tenemos ante
nosotros dos caminos: “la vida y el bien, la
muerte y el mal” (Dt 30, 15),
el camino de la
santidad y el camino del pecado: nos toca a
nosotros escoger, decidirnos por uno u otro.
María nos invita a decidirnos por la santidad
y a hacerlo no por miedo sino por amor a
Si alguno quiere venir detrás
de mí que se niegue a sí
mismo, tome su cruz
y me siga.
(Mc 8, 34)
Marzo – abril 2007
- Editado: por Eco di Maria, C.P.
47 - 31037 LORIA (TV)
(Italia) - Tel / fax 0423. 470331
A. 23, N° 3-4; Esd.a.p. art.2,com.20/c, leg.662/96 filiale di MN-Autor.tribun.MN: 8.11.86, ccp 14124226
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Jesús que nos ha redimido a todos noso-
tros con Su Sangre.
Tu amor, Jesús, salva el
mundo y sólo lo que encuentra lugar en este
amor, lo que se puede reconducir a este amor,
lo que es fruto de este amor tiene valor de
vida eterna. “Aunque tuviera el don de pro-
fecía y conociera todos los misterios y toda
la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como
para trasladar montañas, si no tengo cari-
dad, no sería nada. Y aunque repartiera
todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para
dejarme quemar, si no tengo caridad, de
nada me aprovecharía”
(1 Cor 13, 2-3). No
hay que hacer grandes o espectaculares
cosas. Son los pequeños gestos de amor coti-
diano que, aunque insignificantes a nuestros
ojos, llegan a Ti, Señor, y en Ti se convierten
en salvación (Mt 25, 40). Es tu Sangre,
Jesús, la que nos ha redimido
y nuestro
mayor pecado, la blasfemia contra el Espíritu
(Mc 3, 29), no consiste en haberte puesto en
la Cruz sino en rechazar tu amor, el no creer
en él. No olvidéis hijitos vuestra libertad y
vuestra debilidad, por esto seguid mis
mensajes con seriedad.
Tomémonos en
serio esta petición de María, adquiramos el
perdón en la santa confesión y procedamos
por el camino de la santidad. Entonces nues-
tra libertad ya no será debilidad sino fuerza
que nos dejará penetrar en el Corazón de
Cristo donde cada sufrimiento encuentra
consuelo, cada ofensa se abre al perdón, cada
cruz germina en el Árbol de la Vida.
N.Q.
40 días para vivir
la locura del amor de Dios
Es la propuesta que Benedicto XVI hace
en el Mensaje que ha escrito este año con
motivo de la Cuaresma. Según la explica-
ción del mensaje, esta locura de amor tiene su
máxima expresión en el Cristo crucificado,
Hijo de Dios. Por esto, el tema escogido es
“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37).
“Es en el misterio de la Cruz que se reve-
la en pleno la potencia incontenible de la
misericordia del Padre celestial. Para recon-
quistar el amor de su criatura, Él ha aceptado
pagar un precio muy alto: la sangre de su
Único Hijo”, declara. “En la Cruz se mani-
fiesta el eros de Dios por nosotros”, explica el
Pontífice, retomando un tema central de su
primera encíclica, la “Deus caritas est”. Eros
es, según explica el Papa citando al teólogo y
místico bizantino Pseudo Dionisio, esa fuerza
“que no permite al amante cerrarse en sí mis-
mo, sino que lo empuja a unirse al amado”.
¿Qué mayor “eros loco” que el que llevó
al Hijo de Dios a unirse a nosotros hasta el
punto de sufrir como propias las consecuen-
cias de nuestros pecados?” se ha preguntado
Benedicto XVI. “¡Miremos a Cristo traspa-
sado en la Cruz!”, nos dice el Papa en esta
Cuaresma. “En la Cruz es Dios mismo que
mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed
del amor de cada uno de nosotros”.
En verdad, sólo el amor en el que se une
el ofrecimiento gratuito de uno mismo y el
deseo apasionado de reciprocidad, infunde
una embriaguez que vuelve ligeros los sacri-
ficios más pesados. La respuesta que el
Señor desea ardientemente de nosotros es,
ante todo, que acojamos su amor y nos deje-
mos atraer por Él.
“Pero aceptar su amor no basta.
Debemos corresponder a ese amor y luego
esforzarnos en transmitirlo a los demás:
Cristo ‘me atrae a Él’ para unirse a mí, para
que aprenda a amar al prójimo con su mismo
amor”, concluye el Papa.
(fuente: ZENIT)
¡La mujer
es digna de profetizar!
Una vez más un Papa dedica a las muje-
res palabras de agradecimiento por su “genio
femenino”,tal como lo había definido Juan
Pablo II en su encíclica Mulieris dignitatem.
Y citando palabras del famoso texto,
Benedicto XVI, ante una asamblea multitu-
dinaria, el 14 de febrero, ha agradecido “ por
todas las mujeres y....por todas las manifesta-
ciones del “genio” femenino aparecidas en el
curso de la historia, entre todos los pueblos y
naciones; por todos los carismas que el
Espíritu Santo concede a las mujeres en la
historia del Pueblo de Dios, por todas las vic-
torias que se obtuvieron por su fe, esperanza
y caridad, por todos los frutos de la santidad
femenina.”
El agradecimiento del Santo Padre echa
raíces incluso en un tiempo ya lejano, en la
Iglesia primitiva, en la que numerosas figuras
femeninas desempeñaron papeles decisivos,
“mujeres que se empeñaron de modo efectivo
y valioso en divulgar el Evangelio. Una pre-
sencia nada secundaria. Además de la acción
única e insustituible de Maria, “hubo mujeres
entorno a Jesús con funciones de responsabi-
lidad” explica el Papa,” prueba de ello son
todas las mujeres que siguieron a Jesús para
asistirle con sus ungüentos, y que, a diferen-
cia de los apóstoles, ¡no abandonaron a
Jesús en la hora de la Pasion!
Entre ellas resalta especialmente María
Magdalena, que fue además la primera testi-
go y anunciadora del Resucitado. Santo
Tomás de Aquino reserva para ella la singu-
lar calificación de “apóstola de los apósto-
les”, dedicándole estas bellas palabras: “Así
como una mujer anunció al primer hombre
palabras de muerte, también fue una mujer la
que anunció a los apóstoles palabras de vida”
Pero la Iglesia se formó después de
Pentecostés y entonces, como nos recuerda
el Santo Padre, “es mérito de San Pablo el
que poseamos una mayor documentación
sobre la dignidad y sobre el papel eclesial de
la mujer”. Él parte del principio fundamen-
tal según el cual “ya no hay ni judíos ni grie-
gos, ni esclavos ni libres, ni hombres ni
mujeres, porque todos somos uno solo en
Cristo Jesús” , o sea “todos unificados en la
misma dignidad de fondo, si bien cada uno
con funciones específicas” ha explicado el
Papa. Y luego añade: “es algo normal que la
mujer pueda “profetizar” en la comunidad
cristiana, pronunciarse abiertamente bajo el
influjo del Espíritu, siempre que sea para la
edificación de la comunidad y sea hecho de
manera digna. Por tanto “queda relativizada
la exhortación, bien conocida, a que las
mujeres callen en las asambleas”.
El 8 de marzo, el mundo entero bajo
diversas formas y costumbres, rinde home-
naje a las mujeres. La fiesta a ellas dedicada
está cada día más difundida. Pero, ¿cuántas
mujeres se han sentido en verdad festejadas?
¿Cuántas de ellas, incluso “en nombre de
Dios” son objeto de vejaciones, humilladas,
e incluso negadas? Se pregunte sobre todo a
quien, fiel a las normas de una religión ence-
rrada en sí misma, ha tenido el coraje de
declarar que : “la mujer no tiene alma, luego
se la puede maltratar hasta ensangrentarla”.
Tal vez a estos hombres les haría bien escu-
char la frase concluyente de Benedicto XVI
“En términos generales, la historia del
cristianismo hubiera tenido un desarrollo
bien distinto si no fuera por la aportación
generosa de muchas mujeres”.
S.C.
¿Qué santo no peca?
“¡Es un santo!”, se dice comúnmente
para indicar una persona rica en virtudes y
sin vicios. Es cierto, esto debe vivirse para
adquirir la santidad. Sin embargo, “los san-
tos no son personas que nunca han cometido
errores o pecados, sino personas capaces de
examinarse y arrepentirse”, afirma
Benedicto XVI en una de sus audiencias del
miércoles.
Avancemos y abordemos una opinión
común: “¡los santos, para serlo, deben estar
a bien con todos!” Pero una vez más la voz
del Papa nos contradice: “También entre los
santos hay contrastes, discordias, controver-
sias (recordemos por ejemplo a Pablo y
Bernabé). Y esto me parece muy consolador,
porque vemos que los santos no “han caído
del cielo”. Son hombres como nosotros,
también con problemas complicados”.
¿Cuál es entonces el camino a seguir
para ser como Dios nos desea? “La santidad
crece con la capacidad de conversión, de
arrepentimiento, de disponibilidad para vol-
ver a empezar, y sobre todo con la capacidad
de reconciliación y de perdón” explicó el
Santo Padre, “¡y todos podemos aprender
este camino de santidad!”.
Un “plus” de amor
Dejamos así estas palabras del Santo
Padre, sin comentarlas, para que por su elo-
cuencia penetren profundamente en el cora-
zón de cada uno y nos preguntemos: ¿pero
yo sé amar verdaderamente?
“AMAD A VUESTROS ENEMIGOS”
(Lc 6, 27)
“Pero, ¿cuál es el sentido de esas pala-
bras? ¿Por qué Jesús pide amar a los propios
enemigos, o sea, un amor que excede la
capacidad humana? En realidad, la propues-
ta de Cristo es realista, porque tiene en cuen-
ta que en el mundo hay demasiada violen-
cia, demasiada injusticia
y, por tanto, sólo
se puede superar esta situación contraponien-
do un plus de amor, un plus de bondad. Este
“plus” viene de Dios
: es su misericordia,
que se ha hecho carne en Jesús y es la única
que puede “desequilibrar” el mundo del mal
hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo
“mundo” que es el corazón del hombre.
Con razón, esta página evangélica se
considera la carta magna de la no violencia
cristiana, que no consiste en rendirse ante el
mal —según una falsa interpretación de
“presentar la otra mejilla” (cf. Lc 6, 29)—,
sino en responder al mal con el bien (cf.
Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la
cadena de la injusticia
.
El amor a los enemigos constituye el
núcleo de la “revolución cristiana”, revolu-
ción que no se basa en estrategias de poder
económico, político o mediático. Esta es la
novedad del Evangelio, que cambia el mun-
do sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los
“pequeños”, que creen en el amor de Dios y
lo difunden incluso a costa de su vida.
La Cuaresma es el tiempo favorable en
el cual todos los cristianos son invitados a
convertirse cada vez más profundamente al
amor de Cristo. Pidamos a la Virgen María,
dócil discípula del Redentor, que nos ayude
a dejarnos conquistar sin reservas por ese
amor, a aprender a amar como Él nos ha
amado.
2
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“Bajo la cruz de Jesús
estaba su madre”
(Jn 19, 25)
Era la presencia de una mujer que estaba
a punto de perder a su hijo. Todas las fibras
de su ser estaban tocadas por lo que había
visto en los días culminantes de la Pasión,
por lo que sentía y presentía, ahora, junto al
patíbulo. ¿Cómo impedirle que sufriera y llo-
rara? No es un afecto sólo humano, por noble
que sea.
“La presencia de María bajo la cruz
–afirmaba Juan Pablo II en una de sus cate-
quesis en las audiencias del miércoles –
muestra su voluntad de participación total en
el sacrificio redentor de su Hijo. María quiso
participar hasta el fondo de los sufrimientos
de Jesús, porque no rechazó la espada que le
había anunciado el anciano Simeón (Lc 2,
35), y en cambio aceptó, con Cristo, el plan
misterioso del Padre. Ella era la primera en
participar de ese sacrificio, y permanece para
siempre como el modelo perfecto de todos
los que aceptan asociarse sin reservas a su
ofrecimiento redentor”.
Por otra parte, la compasión materna, que
se expresaba en aquella presencia, contribuía
a hacer más denso y más profundo el drama
de aquella muerte en cruz, tan cercano al dra-
ma de tantas familias, de tantas madres y de
tantos hijos, de nuestro tiempo. ¡Cuánto dolor
hay en nuestro mundo! ¡Cuántas madres
lloran a sus hijos aunque no estén muer-
tos!,
pero como si lo estuvieran, pero tam-
bién, dejadme decirlo, ¡qué desolación expe-
rimentan hoy muchos hijos cuando se sien-
ten abandonados,
descuidados, decepciona-
dos por sus padres. Cuando su educación se
confía a la casualidad o se pide a otros.
¡Padres, volved a estar bajo la cruz de
vuestros hijos! La cruz del crecimiento, del
impacto con la sociedad, del descubrimiento
de los propios límites. Sí, porque la vida,
también de un adolescente o de un joven es
un bello don, pero es siempre experiencia de
cruz y un padre no puede sustraerse a ello…
está llamado a estar como María bajo la cruz.
Jesús, que vio a su madre junto a la cruz,
se acuerda de ella en la estela de los recuer-
dos de Nazaret, de Caná, de Jerusalén; quizás
revive los momentos en que se separó de ella
cuando comenzó su misión pública, y de la
soledad en que vivió en los últimos años, una
soledad que ahora va a acentuarse. María, a
su vez, considera todas las cosas que durante
años “ha conservado en su corazón” (cf. Lc
2, 19.51), y ahora, más que nunca, las com-
prende en orden a la cruz. El dolor y la fe se
funden en su alma. Y ahora, desde lo alto de
la cruz, Jesús la mira y le habla.
“Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26)
Es un acto de ternura y de piedad filial.
Jesús no quiere que su madre se quede sola.
En su lugar deja a otro. Al final de esa obra
redentora, Jesús pide a María que acepte
definitivamente el ofrecimiento que él hace
de sí mismo como víctima de expiación, con-
siderando ahora a Juan como a su hijo. Así
María, bajo la cruz, recibe el don de una nue-
va maternidad.
Pero ese gesto filial va mucho más allá de
la persona del discípulo predilecto, designa-
do como hijo de María. Jesús quiere dar a
María una filiación mucho más numerosa,
quiere instituir para María una maternidad
La última morada
de María
La conocemos como María de Nazaret y
nos la imaginamos siempre allí, entre los
muros que se hicieron eco de su fiat. Pero
otra morada fue testigo de los últimos años
de la vida de la Santa Virgen, que compartió
con el “hijo” que heredó bajo la cruz de su
Primogénito Jesús. El evangelio nos dice
que Juan “la acogió en su casa” (Jn 19, 27).
¿Pero dónde?
Muchos autores cristianos desde los pri-
meros siglos mencionan la larga estancia de
Juan y de la Virgen en Éfeso, Turquía. Pero
si hoy podemos venerar un lugar concreto,
cuyos muros están impregnados de una gra-
cia especial, es por mérito de dos sacerdotes
franceses que a finales del siglo XIX partie-
ron teniendo como única guía las visiones de
la mística alemana Anna Caterina Emmerick.
Tras un largo viaje llegaron a su destino,
pero ¿dónde buscar? La Providencia ya lo
había pensado… El calor les obligó a pedir
agua para beber. Estaban en una colina y,
obligados por la sed, pidieron un lugar don-
de beber. Se les indicó una fuente que estaba
justamente al lado de las ruinas de un edifi-
cio que se correspondía perfectamente con la
descripción de Caterina Emmerick. Los cris-
tianos del lugar lo llamaban: el “Monasterio
de las puertas de la Toda Santa”, debido a los
tres arcos situados en la fachada e iban allí
todos los años en peregrinación el 15 de
agosto, fiesta de la dormición de María.
Fue allí que los dos caminantes concentra-
ron su atención y tras una minuciosa investi-
gación tuvieron la confirmación de una
memoria local secular, que reconocía que la
capilla en ruinas había sido el lugar de la últi-
ma residencia terrena de “Meryem Anas”, la
Madre María. Organizaron enseguida unas
excavaciones que sacaron a la luz algunos res-
tos de un hogar que se remontaba al siglo I.
Desde entonces el lugar está custodiado
con cariño afectuoso y atento por los frailes
capuchinos. Visitada por los Papas recientes,
la Casa de María acoge la devoción de can-
tidad de peregrinos, constituido más por
musulmanes que por cristianos. La pequeña
“estancia de María” de hecho tiene las pare-
des decoradas por los Suras que se le dedi-
can en el Corán, donde María es honrada
como “la única mujer no tocada por el
demonio”.
Redacción
Los cristianos en Pakistán,
entre la pobreza y la discriminación
“Pobres, aislados y discriminados pero
salvos en la fe”. Es la descripción de los
cristianos en tierra pakistaní, según el
Arzobispo de Lahore. Los cristianos, que
forman una pequeña comunidad, “están
orgullosos de su fe y quieren llevarla adelan-
te”, añadió. “Sin embargo, debido a la
pobreza, se saca a los niños de las escuelas y
se les manda a trabajar para aumentar las
entradas familiares”, lamentó. “También hay
aislamiento: hay barreras sociales y no todos
los cristianos tienen la misma dignidad; hay
discriminación. Debido a los conflictos polí-
ticos en Oriente Medio, se identifica a los
cristianos con Occidente, lo que causa ata-
ques a nuestras iglesias e instituciones”,
añadió. Los responsables de la discrimina-
ción, sobre todo contra la mujer son los
extremistas religiosos”
(fuente: ZENIT)
que abraza a cada discípulo suyo de enton-
ces y de todos los tiempos.
“¡He ahí a tu madre!” (Jn 19, 27)
Dirigiéndose al discípulo, Jesús le pide
expresamente que se comporte con María
como un hijo hacia la madre. Al amor mater-
no de María tendrá que corresponder con un
amor filial. Es como si Jesús le dijese: Áma-
la como yo la he amado.
Es como si Jesús
nos dijese también a nosotros: Amadla como
yo la he amado.
La importancia del culto mariano que la
Iglesia siempre ha deseado, se deduce de las
palabras pronunciadas por Jesús en la hora
de su muerte. Jesús quiere que amemos a
María, que la tengamos con nosotros, en
nuestras casas. En lugar de acoger a veces
tantas vanidades y bobadas, acojámosla a
ella en nuestra casa, tomemos a esta madre,
esta consejera que no engaña, que no nos
hace perder tiempo, que no nos defrauda…
Hagámosle sitio en nuestra vida como han
sabido hacer los santos antes que nosotros.
p. Gabriele Pedicino o.s.a.
D e p r i s a
por Stefania Consoli
Si nos paramos un instante a escuchar el
ritmo de la vida que fluye dentro de noso-
tros, marcada por el latido del corazón,
tomamos conciencia de que es lento, calma-
do y armónico. A menos que no seamos
nosotros los que le obliguemos a acelerarse
cuando afrontamos nuestra vida cotidiana
con prisa e incluso con furia.
Nuestro periódico – el Eco – llega a
muchos lugares del mundo y probablemente
los hombres de las tierras de África o de
otros países remotos no tienen las mismas
preocupaciones del hombre occidental,
inmerso inexorablemente en un mecanismo
productivo que le amenaza continuamente:
“¡Quien se para está perdido!”
¿Pero quién lo ha dicho? Permítanme
pues los amigos africanos que hable a quien
se despierta por la mañana con la mente ya
enloquecida por todo lo que tiene que reali-
zar y que luego se duerme por la noche pen-
sando: “¿Lo habré hecho todo?”, en lugar de
preguntarse: “Lo que era importante, ¿lo he
vivido bien? ¿Lo he realizado de forma que
haya custodiado en mí la paz?”
Corremos para garantizarnos serenidad,
construyéndola a menudo de forma artificial,
y no nos damos cuenta de que a veces se nos
escapa incluso la ocasión de saborearla.
Cumplimos nuestros deberes mecánicamente
y nos parece que no hemos concluido nada.
Entonces quizás vale la pena pararse un poco
a reflexionar qué es lo que debemos cambiar.
Para descubrirlo nos conviene una vez
más espiar a María. Sí, de acuerdo, su tiem-
po no era nuestro tiempo convulso y cada
vez más exigente: el tiempo del “todo ense-
guida”, del “usar y tirar”, del “aplasta y
gana”… La Palestina de hace 2000 años no
estaba medida por el cuentakilómetros de los
automóviles; quizás el ruido de los zuecos en
el pavimento era el único ruido que se oía en
la calle. No queremos compararnos pues con
lo que hacía María, sino en cómo lo hacía.
También la Virgen, nos dice san Lucas,
“fue deprisa” a casa de Isabel (cf. Lc 1, 39).
Pero su prisa era de una naturaleza comple-
tamente diferente. De hecho significaba:
3
Eco 192
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Callando
se escucha el cielo
Estamos en el tiempo en el que la Iglesia
nos propone habitar un lugar particular, el
desierto de la Cuaresma
. Es ésta una
dimensión que nos prepara para vivir la
Pascua con la justa predisposición interior:
vaciados de lo superfluo y más abiertos a la
presencia de Dios, que en Pascua se conver-
tirá, tras la aventura de la Cruz, en luz ple-
na, resurrección, gloria. A esto nos invita el
camino cuaresmal: es la meta para alcanzar.
Pero para hacerlo hay que utilizar esos ins-
trumentos que hacen aún más eficaz nuestra
preparación a la vista del premio. Entre los
medios sugeridos el más subrayado en este
tiempo es el ayuno, es decir, la actitud de
renuncia a todo lo que nos gusta, incluso
bueno, pero que en el fondo no es estrecha-
mente necesario para nuestra supervivencia.
La Virgen en Medjugorje nos ha recor-
dado con insistencia el valor del ayuno ali-
mentario, al cual se le ha dado el poder de
“parar hasta las guerras”, tal como dice
María en sus mensajes. Pero hay muchas
formas de ayuno que no siempre considera-
mos importantes e infravaloramos su efica-
cia. Os proponemos unas breves reflexiones
extraídas del monje y teológo Divo
Barsotti,
sobre una forma de ayuno funda-
mental para quien quiere escuchar en su
interior a la voz del Cielo: EL SILENCIO.
El silencio: lugar teológico del encuentro
con Dios
“Es el camino de llegada a Dios. Si no se
entra en el silencio, en el desierto interior, es
difícil, y quizás imposible, escuchar a Dios: es
en este desierto, en esta soledad que Dios lla-
ma al alma que quiere seguirlo: “Te llevaré a
la soledad y allí te hablaré al corazón”
(Os 2,
14). Cuando el hombre quiere escuchar la
palabra de Dios debe esconderse en el silen-
cio, debe penetrar en la oscuridad. Debe salir
del mundo. ¡El susurro de Dios es muy leve!
Del silencio exterior al interior
“En un mundo en el que los ritmos fre-
néticos de trabajo, el activismo desenfrena-
do, la multiplicación de las imágenes de la
TV y de internet enloquecen nuestra mente,
la búsqueda de espacios de silencio a lo lar-
go del día se convierte en esencial. Entonces
hay que hacerlo todo con sencillez, con cal-
ma, sin ansiedad y, sobre todo, cultivar el
recogimiento. Dios realiza las más grandes
obras en el silencio: en el silencio eterno el
Padre crea el cielo y la tierra; en la noche,
lejos de la ciudad, nace Jesús; en lo escondi-
do y en el silencio de la casa de Nazareth
Jesús nos prepara a su misión; en la soledad
de la noche Jesús se aleja de todos para orar;
en el oscuro silencio de la tumba de Cristo
germina la alegría de la Resurrección”.
El silencio unitivo
“La multitud no está fuera de nosotros,
sino en nosotros: multitud de pensamientos,
de afectos, de sentimientos, de ocupaciones
y de intereses. Todo esto es dispersión para
el alma, es imposibilidad para que el alma
acceda a Dios. Hasta que el pensamiento del
hombre no tiende a Dios, el hombre perma-
nece disperso. Estamos dispersos en los
pensamientos por las variadas noticias que
escuchamos. Queremos conocer, a través
del periódico, la radio, la televisión…
Pensamos en una cosa, en otra y verdadera-
mente no tenemos un centro en nuestra vida
interior y no hay verdaderamente una meta
en nuestra actividad intelectual. ¿Qué es lo
que hace falta? Ciertamente la oración; el
recogimiento ya se obtiene a través de la
oración. Quien está acostumbrado a la con-
templación no sabe ver nada si no es a la luz
de Dios, mientras muchos (también hom-
bres de Iglesia) ven las cosas a la luz del éxi-
to, de la eficiencia”.
Tres tipos de silencio
“Los maestros del espíritu hablan de tres
tipos de silencio como condición para la
comunión con Dios: alrededor de uno, de
uno mismo, y en uno mismo.
Silencio alrededor de uno: es el silencio
de las ocupaciones exageradas y superfluas;
el silencio de los coloquios inútiles y de las
visitas mundanas, no fundamentadas en el
deber de la caridad. El silencio exterior res-
tituye al cuerpo y al espíritu esa calma nece-
saria para recuperar el silencio interior.
Silencio de uno mismo: es el silencio
que nos esconde a los ojos de los demás y
nos hace pasar inobservados en la vida de
cada día; es el silencio que envuelve en lo
secreto nuestros dolores, nuestras preocupa-
ciones, nuestras esperanzas hasta desear que
ninguna mirada se detenga sobre nosotros,
que ninguna palabra de alabanza o de com-
pasión nos consuele.
Silencio en uno mismo: es el silencio del
espíritu crítico, de la susceptibilidad del
corazón, de las exigencias del cuerpo
sufriente. Se trata de hacer callar nuestro
ruido interior: el caos de los pensamientos,
el enredo de los deseos, las inquietudes y las
angustias del espíritu”.
Palabra y silencio
“Hablar es algo grande. Pero en general
nuestras palabras en lugar de comunicar a
nosotros mismos, nos esconden de los
demás, en lugar de comprometernos nos
sitúan en un plano de superficialidad, de
disipación interior. Es necesario que nuestra
palabra sea verdaderamente palabra, nos
exprese, sea revelación del secreto más ínti-
mo de nuestro ser. En cada palabra debemos
entregarnos totalmente. Precisamente por
esto nuestras palabras deben de ser pocas
para ser verdaderamente eficaces.
Pero debemos ir más allá: la palabra no
debe expresarnos solamente a nosotros mis-
mos, sino a Cristo. No podemos pretender
dar a Dios charlando sin ton ni son de
Nuestro Señor: mientras no estemos realmen-
te comprometidos a fondo, no damos ni a
Dios ni a nosotros mismos: la palabra que
Dios da debe salir de un abismo aún más pro-
fundo que la palabra que te da el ser. Dios es
más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
Pidamos esta gracia al Señor: ¡que aprenda-
mos a hablar! No se trata de hacer discursos:
se hacen demasiados, sino de hablar el len-
guaje más sencillo, más esencial, y a través
de cada palabra a las almas dar a Dios”.
Silencio y sobriedad
“Silencio significa, finalmente, un ayu-
no, una eliminación de lo superfluo. No
hacer demasiadas cosas: que todo tienda a la
sobriedad, a la sencillez del gesto, de la
vida. De hecho, el silencio exterior no se
refiere sólo a la palabra, sino también al ges-
to, porque se puede hablar con los ojos, con
una sonrisa, con las manos, con la actividad.
Este ayuno del alma también de relaciones
humanas, esta profundización en el silencio
no la empobrece, sino que la hace más rica
porque la une a Dios”.
Redacción
solícita interiormente para cumplir la volun-
tad de Dios; rápida para dejar sus propias
cosas y visitar al otro; dispuesta a renunciar
al gusto solitario de su nuevo embarazo para
compartirlo con su pariente. María llegó
aprisa a la ciudad de Judá, pero luego, una
vez llegada, ciertamente vivió lo más coti-
diano inmersa en la vida de aquel Dios que
ya llevaba en su seno. Gestos sencillos que
asumían un aire real porque estaban realiza-
dos con cuidado, atención y dedicación. Sin
nuestra acostumbrada dispersión.
Si a cada cosa, incluso la más obvia o
aparentemente banal (¡como subir o bajar
las escaleras!) damos lo mejor de nosotros
mismos pensando en lo que estamos hacien-
do, descubriremos un mundo que de otro
modo se nos escapa, la maravilla de cosas
creadas perfectamente y conectadas armóni-
camente, comenzando por nuestro cuerpo
capaz de expresarse de forma prodigiosa.
Admiraremos el genio humano que sabe
transformar en útil y bello hasta los objetos
más elementales. Nos daremos cuenta de
que todo es don para nosotros, desde el agua
con el que nos lavamos la cara por la maña-
na, hasta las mantas que nos ponemos para
proteger el sueño de la noche. Nacerá enton-
ces en nosotros un constante sentimiento de
gratitud que dilatará nuestra respiración has-
ta aquietarla. En todo nuestro ser habrá paz.
¿Y si no conseguimos hacer todo lo que
debemos porque el mundo nos supera y con-
tinúa su carrera a pesar de nosotros? Hay un
truco. Basta confiar a Dios, al inicio de cada
nuevo día, nuestras tareas. Él nos ayudará a
comprender lo esencial. El Espíritu Santo
nos ayudará a discernir lo urgente de lo inú-
til, y nos dará la sabiduría para afrontarlo y
la fuerza para realizarlo. El nerviosismo que
produce la prisa se desvanecerá y nacerá en
nosotros la alegría, porque gozaremos cada
instante en su plenitud sin derrochar instan-
tes de vida preciosa.
Adsumus: ¡Aquí estamos!
Estamos aquí ante ti, oh Espíritu Santo:
sentimos el peso de nuestras debilidades,
pero estamos todos reunidos en tu nombre;
ven a nosotros, asístenos,
baja a nuestros corazones:
enséñanos tú lo que debemos hacer,
muéstranos tú el camino a seguir,
realiza tú mismo lo que nos pides a nosotros.
sé tú el único que sugiera
y guíe nuestras decisiones,
porque tú solo, con Dios Padre
y con su Hijo,
tienes un nombre santo y glorioso.
No permitas que se aleje de nosotros
la justicia,
tú que amas el orden y la paz;
que la ignorancia no nos desvíe,
que las simpatías humanas
no nos hagan parciales,
que no nos influencien cargos o personas;
mantennos unidos a ti
con el don de tu gracia,
para que seamos una sola cosa en ti
y no nos apartemos en nada de la verdad,
haz que, reunidos en tu santo nombre,
sepamos armonizar bondad y firmeza,
para hacerlo todo en armonía contigo,
con la esperanza de que por el fiel
cumplimiento del deber
se nos den en un futuro los premios eternos.
Amen.
San Isidoro de Sevilla
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Aquel primer encuentro
(Pensamientos sencillos)
de Pietro Squassabia
Jesús en la cruz se sintió abandonado
por todos, incluso por el Padre, hasta el pun-
to de decir: “¿Dios mío, Dios mío, por qué
me has abandonado?” (Mc 15, 34).
Me pregunto: ¿Cómo es posible que el
Padre, amor infinito, haya abandonado a su
Hijo, tan amado? Imagino que el Padre haya
estado siempre junto a Él durante su vida
terrena, durante su Pasión e incluso cuando
fue crucificado. Podemos luego pensar que
también el Padre experimentó la cruz.
Imagino que el Hijo no vio al Padre durante
su Pasión porque, por misterio divino, Dios
concedió a satanás la posibilidad de oscure-
cer al Hijo la visión del Padre.
De este modo, Jesús se quedó comple-
tamente solo, privado de todo y de todos,
incluso del Padre.
En estas condiciones
Jesús vivió su Pasión; y se encaminó hacia
el Calvario, y según avanzaba, cargaba más
y más con nuestros pecados por amor a los
hombres y su salvación.
Y según procedía, se iba haciendo más
pequeño, pequeñísimo, hasta hacerse “uno”
con el hombre, similar a él, transformado
ya, con el pecado, en gusanillo y larva,
como expresa Isaias: “No temas gusanito de
Jacob, oruga de Israel” (Is 41,14).
De este modo, Jesús, hecho hombre, o
sea gusanito, fue en busca del hombre y lo
halló en un lugar desolado, pedregoso y
vacío, y le dijo que había venido para borrar
su pecado y para olvidar su iniquidad, para
darle un corazón nuevo, un corazón de carne
en lugar del suyo de piedra, para así poder
acoger su amor y amar a los demás. Desde
entonces, desde ese primer nuevo encuentro,
Jesús se estableció en el desierto para estar
cerca del hombre, para hablar a su corazón,
para establecer una relación de amor con el
hombre. Jesús sabe que en
el desierto el hombre se
vacía de sí y de las cosas y
puede acoger su amor.
Esta situación de
desierto y de soledad pues-
ta para el hombre por sata-
nás tras el pecado, se ha
convertido en la situación
ideal para encontrar a
Jesús
pues es precisamente
en la que estuvo Él. Pero el
diablo, viendo que la situa-
ción de pecado y de desier-
to ha sido transformada
por Jesús en ocasión de
salvación,
no quiere ya que
el hombre vaya a este lugar tan humilde,
aunque de gracia, y quiere convencerle para
que ocupe el suyo. Por esto le ha preparado
al hombre otro sitio, que es como el suyo.
Se reconoce enseguida por ser un lugar de
orgullo, de autosuficiencia, y de fuerza, aun-
que en apariencia, de egoísmo y de odio,
lugar que no deja espacio alguno para Jesús:
lugar que es sólo ruina. No nos dejemos
pues engañar por este lugar.
Digamos entonces: Jesús, gracias por
haber venido a nuestro encuentro en nuestra
situación de ruina y de desierto, transforma-
da por ti en medio de salvación y de gracia.
Gracias por haber vencido al viejo tenta-
dor y acusador que nos había llevado a un
lugar de muerte. Gracias por haber creado
un lugar para poder estar contigo, y contigo
poder gozar y descansar. Gracias porque
aquí también podremos encontrarnos siem-
pre con María.
Sí, porque la Madre
sabe que en este
lugar, su Hijo ha cre-
ado su morada entre
los hombres y sabe
que aquí puede estar
con su Hijo y con los
hijos que ama.
Pidámosle pues a
María de no alejarnos
nunca de este lugar
en el que Jesús ha
venido a visitarnos,
que nos haga amarlo
porque es el lugar del
Amor aunque, a
veces, estemos tentados de dejarlo.
Pidámosle que nos haga siempre reconocer
el lugar de satanás y nos dé la fuerza para
evitarlo. Pidámosle la sabiduría para saber
acoger todas las situaciones que la
Providencia nos ofrece: ciertamente, nos
conducen al encuentro con Jesús, encuentro
sin duda semejante a ese primer encuentro
de desierto y de Pasión, aunque también de
salvación y de gozo pleno.
María, luz de eternidad
de Giuseppe Ferraro
En uno de los últimos mensajes la
Virgen nos vuelve a hablar de eternidad:
Hijitos, cuando oráis estáis cerca de Dios
y Él os da el deseo de eternidad... no olvi-
déis que sois peregrinos en camino hacia la
eternidad”.
(Mens. 25.11.2006).
Otras veces María nos llama para acoger
el don de la vida eterna, que Ella nos ofrece
en plenitud en este tiempo:”Os conduzco
hacia la vida eterna. La vida eterna es mi
Hijo. Recibidlo y habréis recibido el Amor”.
(Mens. a Mirjana 18.3.1995). Sus palabras
son un eco perfecto de las Escrituras: “Y
nosotros estamos en el verdadero Dios y en
su Hijo Jesucristo: Él es el verdadero Dios y
la vida eterna” (1Jn 5,20).
Cuantas veces hemos repetido, orando
según nuestra profesión de fe: “Creo en la
vida eterna”. ¿Pero cómo resuena esta expre-
sión en el corazón del cristiano de nuestros
días, comprometido y practicante?
Probablemente evoca inaccesibles categorí-
as teológicas, aceptadas como se suele decir,
“por la fe”, término que a menudo vela púdi-
camente una sustancial pasividad espiritual
frente al misterio de Dios que se revela.
La Virgen sigue, a pesar de ello, vinien-
do al mundo, desafiando la indiferencia de
la mayoría y la hostil frialdad de muchos
“adeptos del trabajo”, para llamar incansa-
blemente a sus hijos a que entren, aquí y
ahora, en esa vida sin ocaso que Ella desea
incansablemente darnos: Queridos hijos,
vengo a vosotros en este tiempo para dirigi-
ros la llamada a la eternidad”
(Mens.
2.10.06).
Tal vez haya llegado el tiempo en el que
Dios, a través de la especial presencia de
María, quiere llevar a su Iglesia a un éxodo
sin precedentes, que la libere de cualquier
racionalismo teológico ruinoso y de estéri-
les formalismos religiosos, frutos de un
entrelazado de mediaciones humanas sedi-
mentadas en los siglos pasados, para condu-
cirla a vivir la experiencia viva del misterio
de Dios, como sucedió a la primera
Comunidad apostólica, todavía con el fuego
reciente del Espíritu.
Éste es el camino al Cielo que Jesús ha
abierto al pasar al Padre: “Ésta es la vida
eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios
verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn,
17,3). Aquí nace la Iglesia viva, la única
capaz de vencer a los poderosos demonios
de nuestro tiempo y de realizar en verdad y
plenitud la gran misión bautismal encomen-
dada por el Resucitado: transmitir la vida
trinitaria a todo el universo, a multitud de
almas sedientas de amor puro, que aún hoy
esperan con dolor, por culpa de nuestros
innumerables compromisos con la mentira
del mundo.
La Reina de la Paz nos muestra un cami-
no simple y concreto, resplandeciente de
verdad evangélica, para ponernos en ese
“conocimiento” del Dios vivo y verdadero
que nos abre a la eternidad y que nos hace
auténticos canales del Amor del Padre hacia
la entera creación: “Ésta es la llamada al
amor, porque sólo a través del amor conoce-
réis el amor de Dios… sólo a través del
amor de Dios se obtiene la eternidad”
(Mens. a Mirjana 2.10.06). El camino real a
la eternidad es por tanto el Amor. No un sim-
ple amor humano, sino ese amor especial
que arde en el Corazón del Cordero
Inmolado, aquel que ha sido “derramado en
nuestros corazones a través del Espíritu
Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5) y que
tiende a unir de modo perfecto nuestra vida
con el ofrecimiento pascual de Cristo por la
salvación del mundo. Ese mismo amor eter-
no que María desea que se vuelva en noso-
tros carne y sangre de su Hijo, para que lle-
guemos a ser verdaderas Eucaristías vivien-
tes, en las que palpite realmente la vida de
Dios, que se quiere donar a los hermanos.
Esta es la “caridad”, que “nunca acabará”
(Cor 13,8) de la que habla San Pablo. Ésta es
también para todos nosotros la profunda ver-
dad de la llamada de la Reina de la Paz en
Medjugorje: “Testimoniad con vuestra vida
y sacrificad vuestras vidas por la salvación
del mundo”
(Mens. 25.2.88); “ no olvidéis
que vuestra vida no os pertenece sino que es
un don con el cual debéis llevar alegría a
otros y conducirlos a la vida eterna”. (
Mens.
25.12.92).
Vida cotidiana
en invierno en Medjugorje
Pasada la Navidad, y entrado el nuevo
año, Medjugorje entra en la cotidianidad
invernal de enero y febrero, que difieren de
los demás meses. Exceptuando tal vez
pequeños grupos de peregrinos extranjeros,
que eligen esas fechas tranquilas para la ora-
ción personal, la parroquia de Santiago
Apóstol no se diferencia mucho de las demás
parroquias de Herzegovina. La vida sacra-
mental y pastoral transcurre normalmente. El
programa de oración en la Iglesia en lengua
croata sigue su horario habitual, los sacerdo-
tes confiesan por la tarde, el Viernes se reza
el Via Crucis en el Krizevac, el Domingo se
reza el Rosario en el Podbrdo, y cada día 25
del mes hay Adoración silenciosa toda la
noche en la Iglesia.
FUENTE: Informativni centar “Mir” Medjugorje
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¡Solo Dios basta!
Siete meses con la Gospa
Veinte de Octubre de 2005, 5 a.m.
Acompañado por dos amigos y compañeros
de oración, comienzo mi viaje hacia
Medjugorje
: es el día en el que ingreso en la
comunidad “Kraljice Mira”. Las largas horas
del trayecto permiten que las emociones y
los pensamientos se alternen: ¿Qué etapas
me han conducido a tomar esa decisión?
Vuelvo atrás en el tiempo, hasta el verano
de 1998, año en el que María me preparó dos
encuentros especiales con ella y con su Hijo.
El primero fue una peregrinación a España, a
las tumbas de Santa Teresa de Ávila y de San
Juan de la Cruz, y a Garabandal, lugar de
apariciones marianas entre los años 1960 y
1964. Pocas semanas después hice un segun-
do viaje, a Medjugorje, mi primer viaje a esa
tierra. Al finalizarlo, en el autobús de vuelta,
testimonié algo sencillo junto a los demás
peregrinos. Lleno de emoción, mi corazón
repetía esa frase que resonaba en mí tras estos
dos encuentros importantes, y me dije “....y
entiendo que es verdad lo que Santa Teresa
de Ávila nos enseña: ‘Sólo Dios basta’ “.
Luego volvi a Medjugorje una segunda y
una tercera vez. Fue entonces que encontre
a María,
esa Mujer a la que recé desde
pequeño. La Reina del Cielo bajó de su tro-
no y me alcanzó, para abrazarme como la
más humilde y sencilla de las madres.
Descubrí que María es madre ¡que es mi
Madre! Y desde ese tierno abrazo, deseé no
alejarme más.
Veinte de Octubre de 2005, 7,30 p.m.
Nuestro coche se para delante de la
Parroquia de Santiago Apóstol, entramos
para una visita breve mientras tiene lugar la
adoración eucarística. Al entrar, el coro y la
asamblea cantan: “Nada te turbe... sólo Dios
basta”.
Una delicadeza de María, un último
ánimo materno; un fino hilo de oro enlaza el
pasado con el presente, y con temor, medio
tembloroso, respondo: “¡Aquí estoy!”
Asi fue como empezó mi periodo de can-
didato en la comunidad, el cual me permitió
quedarme en Medjugorje por siete meses. La
experiencia de pasar un largo tiempo allí
fue distinta a las anteriores peregrinaciones.
No fue una ola de bendiciones, como la que se
suele recibir en cuatro o cinco días de estan-
cia. Fue más bien un abrirse a la gracia coti-
dianamente
, acogiéndola gota a gota, degus-
tarla, dejarla penetrar en ti, según ese actuar
extraordinariamente ordinario del Señor.
Medjugorje cambió de cara como la
naturaleza al paso de las estaciones. El oto-
ño, muy cargado de peregrinos y movimien-
to, casi como sucede en verano, y así fue
también después de Pascua. Fueron en cam-
bio los meses invernales los que me trastoca-
ron mayormente, tiempo en que cayó sobre
la parroquia y sobre el pueblo una insólita y
benéfica modorra.
En concreto, quisiera fotografiar sobre
todo tres momentos que marcaron el ritmo
de mis semanas en aquel periodo.
El primero de ellos es la Misa de la tar-
de. La celebración reúne a los pocos pero
constantes grupos de peregrinos. Una redu-
cida representación de cristianos venidos del
extranjero se junta para profesar: “Creo en
la Iglesia, que es UNA....”,
para descubrirse,
con renovado estupor, lejanos por proceden-
cia, aunque miembros del único cuerpo de
Cristo, recogidos bajo el manto de María,
Madre de la Iglesia. Siento que la Santa
Virgen está presente, se siente la universa-
lidad de su intercesión
: unida al sacrificio
de Jesús se ofrece al Padre por el mundo, por
el entero rebaño de su Hijo.
Luego está la Misa de la mañana,: prác-
ticamente sin apenas peregrinos, la iglesia
de Santiago Apóstol acoge a sus fieles, los
velos negros de las mujeres, los perfiles
serios y severos de los habitantes locales.
También en este caso la Virgen se hace par-
tícipe de la oración, súplica y se ofrece por
la población de Bosnia Herzegovina. El cua-
dro se reduce, su amor se vuelve especial:
me lleva a reflexionar sobre como cada día y
en cada país del mundo ella se presenta a
Dios, de manera específica por cada núcleo
de la gran familia humana.
El tercer fotograma: un sábado por la
tarde en el que espero el turno del sacerdo-
te ante el confesionario. Hoy estoy en ver-
dad solo, no hay ningún otro peregrino
entorno a mi. Incluso la explanada exterior
de la parroquia esta vacía. Con la mente
intento repoblar todo ese espacio con jóve-
nes, con feligreses de todas las edades, con
cánticos... como en las tardes del verano en
las que nos juntamos entorno a Jesús
Eucaristía, como queriendo exorcizar esa
sensación de abandono que advierto. Pero
como en un juego de círculos concéntricos,
entiendo que es este el punto central hacia
el que María me conduce,
aquí donde su
maternidad se torna realmente exclusiva,
aquí, en la intimidad y en el silencio del
corazón, en la soledad y en esos rincones
oscuros del alma desde donde me es difícil
mirar cara a cara al Señor. Sin experimentar
este afecto, sin conocer que soy amado de
verdad personalmente, mi oración no tendría
fuerza, y el ofrecimiento de mi persona, por
mi familia, por mi nación, por la Iglesia y el
mundo no tendría resultados positivos.
Puedo así afirmar, sin ningún reparo, y con
gratitud que hoy Medjugorje es toda para
mí,
la Reina y Madre de la Paz, con su pre-
sencia no invisible a los ojos del corazón,
guarda una tierna mirada sólo para mí.
Quisiera que esa misma mirada se posa-
ra también sobre todos aquellos que de
algún modo han conocido y respondido a las
invitaciones de la Gospa, sobre aquellos que
hayan estado o que vivan Medjugorje en su
propia casa, en su propia alma; esa mirada
con la que la Madre nos habla como a un
hijo único
, como diciéndonos: “Todo esto
es para ti: la bondad de Dios que me confía
esta misión, mis gestos, los mensajes, 25
años de apariciones.....son para ti solo, para
que el Señor pueda mostrarte cómo el Cielo
entero te ama. Y tú, hijo, ¿sabrás responder
de ese modo único y personal a mi Jesús?
¿sabrás aceptar con coraje y humildad la
misión que te confía, en el estado de vida en
el que estás llamado? ¿Sabrás presentarte y
ofrecerte por entero, tú joven, tú anciano, tú
enfermo, tú estudiante, trabajador, padre,
madre, tú llamado a la vida consagrada?
Para mí siete meses, para otros una pere-
grinación, o dos... un solo instante en
Medjugorje para dejarse tocar por el amor
de Dios Padre y de María; para cada uno la
propia existencia ofrecida en agradecimien-
to por tanta bondad. La Reina de la Paz no
deje sin fruto ese anhelo del Espíritu Santo
en nosotros que nos implora de abandonar-
nos a la voluntad de Dios, para que llegue-
mos a ser un milagro vivo de su amor.
Davide Cavanna
Fiesta para los jóvenes
en Medjugorje
El 18º Encuentro Internacional de
Jovenes se celebrará en Medjugorje del 1
al 6 de Agosto de 2007.
El tema del encuen-
tro es : “Como yo os he amado, así también
amaos los unos a los otros” (Jn, 13,34).
En un mensaje la Virgen nos dice:
Queridos hijos, hoy los invito al amor.
Hijitos, amaos con el amor de Dios. Jesús
resucitado estará con vosotros y vosotros
seréis sus testigos”.
(25 marzo 2005).
El tema está en armonía con la Jornada
Mundial de la Juventud, que se celebrará el
1 de Abril (Domingo de Ramos) en la igle-
sia local. Sin embargo, ¡qué difícil es amar,
cuántos errores y caídas se registran en el
amor! Hay quien incluso llega a dudar de
que el amor sea posible. Pero su carencia
afectiva o desilusión sentimental pueden
hacer pensar que amar es una utopía, un sue-
ño inalcanzable, ¿hay que resignarse? ¡No!.
El amor es posible y el objetivo de este men-
saje, es reavivar en cada uno de vosotros,
que sois el futuro y la esperanza de la huma-
nidad, la fe en el verdadero amor, fiel y fuer-
te. Un amor que genera paz y alegría, que
une a las personas, haciéndolas sentir el res-
peto mutuo. Dejad que recorra junto a voso-
tros un itinerario, breve, para descubrir el
amor.
En Medjugorje
la escuela del ayuno
El pasado diciembre se celebró en
Medjugorje un retiro para italianos con el
Padre Ljubo Kurtovic, cuya peculiaridad es el
ayuno, la oración y el silencio con catequesis
especiales impregnadas del carisma de este
joven franciscano que es el de hacer penetrar
la oración en los corazones de las personas.
Su mansedumbre y a la vez su gran firmeza al
exponerlas con verdad, lleva a una elección
consciente y en sintonía con Jesucristo. De
hecho, según el testimonio de los presentes y
la alegría de sus rostros, se manifestaba clara-
mente el encuentro con el Señor.
Estos seminarios comenzaron con el
Padre Slavko con la finalidad de vivir los
mensajes de la Virgen: “Vivir los mensajes
de María es un modo de sanar y de unirse a
Dios”, dice el Padre Ljubo. El objetivo del
seminario es darle a Dios espacio dentro de
nosotros. El ayuno nos abre al Señor y nos
purifica el corazón. Sirve para purificarnos y
crecer en el amor: “¡Si no se ama, no nos
sentimos amados!”.
El ayuno es un medio poderoso para
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“¡Ofreced vuestras vidas!”
Continuemos nuestro recorrido por el
camino del ofrecimiento de nuestra vida,
en unión al sacrificio de Cristo que sobre
todos los altares del mundo continúa ofre-
ciéndose al Padre por la salvación de la
humanidad. Sabemos bien que Jesús sobre la
cruz se entregó por entero. Su sacrificio fue
pues total. Pero a nosotros, ¿Qué es lo que se
nos pide? ¿Perder la vida? ¡Desde luego que
no! Somos más bien invitados a ser amor que
se ofrece en sacrificio, o sea amor que se
vuelve sagrado justamente porque se entre-
ga a Dios sin medida ni condiciones. Esto
glorifica el corazón de Dios, tan sufriente
por la indiferencia de sus hijos. Esto repara
la ingratitud de un mundo egoísta que apro-
vecha los dones para sí mismo, ignorando al
Donante, incluso a menudo negándole.
La lucha contra las tinieblas es muy
fuerte en estos tiempos. Ser “amor sacrifica-
do” nos permite derrotar al mal con la
potencia del Bien - Dios - que se comunica
directamente con nosotros. ¡Nuestro cora-
zón debe ser como una rueda de molino que
pulveriza todo el mal que viene del mundo,
como un fuego que quema toda la negativi-
dad! No somos realmente conscientes de
que mediante nuestro ofrecimiento, la ben-
dición y la adoración al Santísimo
Sacramento, podemos liberar a las almas de
la acción satánica y cambiar concretamente
las situaciones en el mundo. Éstas son las
armas que hay que empuñar.
“El amor sacrificado en paz”
del p. Tomislav Vlasic
LA ADORACIÓN
A través de la adoración alimentamos a
Jesús con nuestro amor y Él , a su vez, llena
con su amor las almas necesitadas. A través
de la adoración cargamos sobre nosotros el
peso de la cruz y ayudamos a Jesús a cami-
nar más ligero en las almas, especialmente
en las consagradas. A través de la adoración,
especialmente en la nocturna, ejercitamos
un auténtico exorcismo y obligamos a sata-
nás a abandonar las almas y los lugares que
veja con su presencia.
EL AMOR
Amar al prójimo significa amar también
a los que nos han hecho un mal: es imposi-
ble sanar las heridas si no perdonamos a
quien nos ha herido, si no somos para él
“amor sacrificado” ¡Sólo así tendremos la
posibilidad de resurgir y reconciliarnos con
el mundo! Nuestro amor tiene que poder
vencer cualquier mal, pero eso es posible
sólo si permanecemos en ese espacio dentro
de nosotros que Dios ha reservado para su
Reino; sólo si los dones del Espiritu en
nosotros son libres de actuar.
LA LUCHA
Entrando en la lucha contra el mal, tam-
bién nosotros nos purificamos, resurgimos y
comunicamos esa fuerza a los demás, aun-
que puede ocurrir que algunas personas
comiencen a sentir el mal en sí mismos.
Esto sucede porque cuando un alma se abre
a Dios, se abre en realidad al mundo de los
espíritus: en estos casos Dios permite que el
alma se encuentre con el mal porque está
deseoso de que aplaste a satanás y lo venza.
Es importante pues saberse defender vivien-
do con gozo el reino de Dios presente en
nosotros y allí permanecer serenos, mansos,
pacíficos, humildes, capaces de expulsar
con una simple sonrisa esa maldad que nos
provoca para que reaccionemos.
HE AQUÍ LAS ARMAS...
El agua bendita, el ayuno, las oraciones
de consagración al Corazón Inmaculado y al
Sagrado Corazón de Jesús son tres armas
potentísimas de protección contra el malig-
no. Vivir constantemente respirando el
Espíritu Santo, vivir el espíritu del amor,
vivir en la “casa de Dios” presente en nues-
tras profundidades es de todos modos la
mejor manera para afrontar el mal y vencer-
lo, sin ningún temor, porque es Dios en
nosotros que lo vence.
EL ORDEN INTERIOR
San Pablo escribe a los Tesalonicenses:
“En nombre de nuestro Señor Jesucristo os
exhortamos a apartaros de todo hermano que
viva desordenadamente” (2 Ts 3,6) El desor-
den viene a nosotros cuando fantaseamos
sobre las cosas espirituales sin luego vivirlas
en profundidad, como los fariseos en el tiem-
po de Jesús. El desorden viene cuando lee-
mos libros de santos, mensajes de la Virgen
y luego no los ponemos en práctica en nues-
tra vida cotidiana. Cualquier fantasía, teori-
zación o explicación dada a modo propio
sobre las realidades divinas es un camino
farisaico y nos impide llegar a la inspiración,
porque en esos casos la inspiración se con-
vierte en el producto de nuestra fantasía, de
la superficialidad y de nuestra interpretación
equivocada. Por eso es muy importante
entrar en la sencillez y en la apertura interior.
LA CRUZ
El Corazón traspasado de Jesús es la
demostración de que en él sólo había amor y
a través de su ofrecimiento se manifiesta su
pureza. Es justamente en la cruz donde se
expresa toda la profundidad y la dimensión
del amor porque sobre la cruz nada que esté
sucio o sea egoísta puede permanecer. Sobre
la cruz toda nuestra persona se purifica hasta
en sus raíces. Sobre la cruz nuestra intimidad
del alma queda tocada y cada uno debe pre-
guntarse a sí mismo si de su “costado abier-
to” saldrá sólo amor puro o tal vez otra cosa.
LA ORACIÓN
Cuando amamos, nace en nosotros la ins-
piración por la oración, una oración inmersa
en el amor… Pero la oración, como el amor,
no debe ser espectacular: no es necesario
tener visiones o grandes ideas para orar bien,
ya que la oración supera los límites de la
lógica. Si oramos con amor podemos alcan-
zar incluso los confines de la tierra: el
Espíritu Santo llevará nuestra oración allí
donde es necesaria. Nosotros debemos sólo
entrar, a través de la oración, en el lugar don-
de el Espíritu habita en nosotros y acoger su
inspiración. Desde aquí debemos adorar a
Jesús para crecer en la fe y en la esperanza.
Y sólo entonces empezaremos a ser caridad,
la única fuerza capaz de dar la salvación.
(3. continua)
descubrir a nuestro enemigo interior, para
quitar el velo a nuestros deseos, pensamien-
tos, descubriendo nuestras heridas y así
poder sanarlas. Para el que cree, todo es
posible; todo es posible para el que abre una
puerta a la paz interior, porque su verdadero
sentimiento es someter su voluntad a la de
Dios. En los días del retiro se siente algo que
te lleva a decir: “Me he conocido a mí mis-
ma, ahora quiero liberarme de esa corteza
que reviste mi humanidad”. Es realmente un
mirarse uno mismo por dentro para encon-
trar el tesoro escondido, mirarse por dentro
y comprender que allí está Él, que te espera
con los brazos abiertos para unir Su corazón
al nuestro, para calentarnos con un amor
infinito, tan grande que no puedas dejar de
dárselo a quien está a tu lado. Vivir con el
pan
, como nos recuerda el Padre Ljubo, sig-
nifica no sólo partirlo materialmente y
comerlo, sino de partirnos y ofrecernos
nosotros mismos a los demás.
El ayuno es un gran don que Dios nos
concede, dándonos también la fuerza para
llevarlo a cabo. Es una oración que atañe a
la persona entera en su unidad psicofísica y
espiritual, que se ofrece como alabanza de
amor a su Dios, y se hace uno en Él. Es
mucho más que recibir gracias aisladas, es
recibir el Todo que se entrega sin medida, y
que es amor y paz infinita.
El ayuno requiere una preparación
espiritual, para no encontrarnos como les
sucedió a las vírgenes necias que se queda-
ron sin aceite y perdieron una ocasión de
crecer espiritualmente. No es difícil si hace-
mos silencio en nosotros, si dejamos nuestra
voluntad a los pies del altar y nos dejamos
guiar por el alma. Ella sabe a quien anhelar.
Debemos dar un cambio radical en nues-
tra vida en poco tiempo; debemos vivir los
mensajes de la Virgen, y atrevernos a volar
como águilas. María nos ha mostrado el
camino bien trazado, para recorrerlo de
modo seguro. El camino lleva a Jesús, a la
santidad, nos lo ha señalado con las “5 pie-
dras”
que son los puntos seguros. Nos basta
con abandonar nuestras seguridades huma-
nas e iniciar la estupenda aventura de una
nueva vida.
Para ser testimonios creíbles hay que
hacer experiencia y anunciar lo que se ha
vivido, por lo tanto se debe vivir el ayuno
para adentrarnos en el misterio de la
Eucaristía.
Es importante que lo hagamos
en este tiempo tan especial de gracia: “Mi
reino no es cuestión de comida y bebida”
dice Jesús. ¡Cómo debieran de hacer suyas
estas palabras aquellos que eligen los mejo-
res hoteles, calientes y confortables, donde
se come bien, que lo hacen todo por devo-
ción pero olvidando el motivo por el que la
Virgen está todavía entre nosotros! Ella nos
atrae a Medjugorje para que vivamos y tes-
timoniemos sus mensajes. Maria nos dice:
“¡Ayúdame, te necesito para atraer el mayor
número posible de almas a mi Corazón y al
Corazón de Jesús, traspasado de amor por
vosotros!”
El ayuno es ofrecerse, es donarse. Es
como cuando te hallas delante del crucifijo
que te atrae y te dice: “Ayúdame tú al
menos, soy el Amor no comprendido”.
Entonces cada sacrificio tuyo lo unes al
suyo. Sí, te cuesta, pero te atrae y te eleva a
Él. Y de verdad hallarás alegría, paz y amor
en tu corazón y en los hermanos que hayan
compartido contigo la experiencia. Se puede
leer en sus ojos radiantes de luz.
Anna Fasano
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background image
¡El Eco siempre te necesita!
Imaginemos que el Eco fuera como un
niño, hijo de María, que crece día a día,
como las personas. Al igual que un joven
que crece, y que se vuelve adulto, necesita
de mayores atenciones porque tiene mayores
necesidades. Esto le ocurre también al Eco.
El Eco está, tal vez, llegando a ser “persona”
madura y necesita de mayor ayuda. Al igual
que los padres y los hermanos mayores asis-
ten a al hermano menor que esta creciendo,
lo mismo le ocurre al Eco.
El Eco tiene necesidad de ti, sin ti no
puede crecer y vivir. Tiene necesidad de tu
oración, de tu colaboración, de tu ayuda eco-
nómica. Sin duda entra dentro de los planes
divinos que esta pequeña publicación sea
expresión de una actividad común, de un
compromiso común de los hijos unidos entre
si, y unidos a la Madre. Estas palabras, Eco
te las dice a ti, personalmente, porque sabe
bien que tú le puedes ayudar, mediante la
intercesión de María. La Madre, que nos
asiste y nos protege, tal vez quiera de ti jus-
tamente esto: tu oración, tu santidad, tu ayu-
da. Eco necesita de esta familia. Quedemos
pues unidos en oración. Nosotros oramos
siempre por vosotros. María nos bendiga.
Comunicación a los lectores que reciben
una sola copia del Eco por correo
Queridísimos lectores, con la intención
de mejorar nuestro servicio, queremos
actualizar, tras muchos años de envíos, la
lista de vuestros nombres y vuestras direc-
ciones. Por esto esperamos que nos confir-
méis que recibís el Eco
y os rogamos que
nos lo comuniquéis a través del boletín de la
cuenta bancaria ligada al periódico, o por
correo. También podéis comunicarnos las
variaciones que haya.
P.S.
En la prisión
he encontrado fuerza
Es un placer compartir con los lectores
del Eco mis reflexiones que han nacido en la
celda 75 de la cárcel donde resido momentá-
neamente por un delito que he cometido y por
el cual tengo un arrepentimiento profundo.
Todos los sábados puedo ir a la bibliote-
ca y con una gran alegría esta semana he
encontrado un viejo número del Eco de
María… Había reservado lugar para una
peregrinación a Medjugorje a finales de
agosto junto con mi familia. Sin embargo
esta cruz que Dios ha permitido me ha impe-
dido ir, pero mi mujer con mis dos hijos ha
ido a rezar a la Virgen por mí. El mayor tie-
ne 8 años, y cuando ha venido a verme, me
ha contado con entusiasmo todo acerca de
esos 4 días en Medjugorje: el Via Crucis des-
calzo sobre las piedras y las oraciones de
amor recitadas por mí. Luego, sin que nadie
lo oyera, me contó al oído su secreto: había
visto que el Señor en la Cruz le saludaba y le
guiñaba un ojo. Siento una inmensa felicidad
de que mis hijos hayan vivido esos momen-
tos con tanto entusiasmo, y es lo que también
yo, cuando pueda, quiero experimentar.
Parece imposible, pero aquí en la cárcel
he encontrado una gran fuerza en mí a tra-
vés de la fe y la oración del Rosario
que
recito dos veces al día y que mantengo con
un ayuno semanal. Rezo todos los días ante
un pequeño altar donde he puesto la foto de
la estatua de María en Medjugorje y junto a
ella a mi familia, y de este modo puedo agra-
decerle constantemente la inmensa ayuda
que nos está dando.
Las oraciones a la Virgen celestial tienen
un gran eco en mi interior y me dan cada día
muchas cosas que cuando estaba “libre” no
captaba su importancia. Aquí no tengo posi-
bilidades económicas, pero teniendo conmi-
go sólo unas monedas, os envío todo lo que
tengo para sostener esta gran obra que reali-
záis. Os lo agradezco y con vosotros a todos
aquellos que participan en la realización de
esta obra.
Niero Lucio
Los lectores escriben
Marjorie y Clara Fernandez de India:
“A todos vosotros, gente maravillosa del
Eco, os deseo gracias especiales. Para
muchos de nosotros el Eco es una estrella
que nos lleva a los corazones de Jesús y
María”.
Cicily G. Eopen Luke de la India:
“Muchas gracias por el Eco que recibo siem-
pre. Rezo particularmente por todos voso-
tros, porque la semilla que echáis con vues-
tras manos, fructifique cada vez más en el
mundo entero, y encuentre todavía mucho
terreno fértil, para que cualquier corazón con
odio, violencia o enemistad se llene de amor,
paz y unidad. Es hermoso leer y meditar cada
palabra del mensaje de la Virgen, que hago
casi siempre antes de dormir, después del
rezo del Santo Rosario. Una madre no puede
dar a sus hijos palabras más bellas que éstas,
palabras de ternura, afecto y confianza”.
Sr. M. Gregory Rosa de Zanzibar:
“Estoy muy agradecida por haber recibido el
Eco todos estos años. He realizado reciente-
mente mi primera peregrinación a
Medjugorje: era verdaderamente emotivo ver
la presencia de millares de fieles y el modo en
que rezaban. Rezo para que todas las personas
puedan tener la oportunidad de hacer una
peregrinación a Medjugorje, al menos una vez
en la vida. ¡Dios es tan bueno por habernos
dejado que la Virgen nos visite todos estos
años!¡Que pueda la gente responder a su invi-
tación a la oración, ayuno y reconciliación”.
Joaquin Alfonso de Oliveira de Río de
Janeiro (Brasil): “Agradezco de corazón
por recibir regularmente el Eco, y que paso a
los hermanos capuchinos del Convento que
frecuento. Escuchamos tantas bellas noticias
de la Virgen y de los sucesos en Medjugorge.
El comentario de Nuccio Quattrocchi ayuda
a comprender mejor el contenido de los men-
sajes del 25. Me siento con el deber, junto
con mi esposa, de dar una señal de vida por-
que son ya muchos los años durante los cua-
les recibimos el esperadísimo Eco”
Luis Carlos de Silva de Barrà do
Corda (Brasil): “ Muchas gracias por el
don del Eco que para mi, llega como una
bendición. Por medio del Eco muchos han
tenido la posibilidad de conocer a María, su
amor por cada uno de nosotros, y el plan de
Dios para cada uno”.
Mabel Cancino de Jujuy (Argentina):
“Hola, yo soy de jujuy argentina y soy pro-
fesora de ingles. De un sierto modo senti la
necesidad de escribirles para de sirta forma
agradeserle por lo que hacen. Me siento muy
feliz y agradesida de recivir ECO DE MED-
JUGORJE pero soy muy humilde y no pue-
do hacer donativos... Gracias por enviarme
Eco para mi tiene mucho valor lo que con-
tiene. Que dios los bendiga.
A.E. Accardi de Italia: “Soy una lecto-
ra que deseo expresar mis gracias ,y mi pro-
fundo y sentido agradecimiento, por vuestra
revista que es única. Verdaderamente maria-
no en todos los sentidos. Tan humilde y dis-
creto en la apariencia, como extraordinario y
penetrante en el contenido. Sabed cuántas
veces he encontrado consuelo y luz, en los
momentos de vacío, con la lectura vuestros
artículos, tan acertados. Una alabanza a
María Santísima que evidentemente os ins-
pira y conduce. Propongo por ello, manda-
ros más frecuentemente ayuda para incre-
mentar vuestra difusión”.
XII Seminario Internacional
para sacerdotes
Tendrá lugar en Medjugorje del 2 al 7 de
julio de 2007. El tema: “Con María en el
Cenáculo, a la espera del Espíritu Santo”.
Las conferencias irán a cargo del p. Raniero
Cantalamessa.
Las inscripciones pueden
enviarse a la siguiente dirección e-mail:
seminar.marija@medjugorje.hr, o bien al
siguiente número de fax 00387 36 651 999 (a
la atención de Marija Dugandzic).
Invitamos a todos los sacerdotes a que
busquen por su cuenta el alojamiento con las
familias de Medj., a comunicarnos, en su ins-
cripción, nombre, apellidos y el número de
teléfono de la familia donde se alojarán. Los
sacerdotes que no conozcan o no tengan
posibilidad de encontrar por su cuenta un
alojamiento, pueden comunicárnoslo en la
propia inscripción, y se lo buscaremos noso-
tros. Los gastos del seminario se cubren con
cinco intenciones en las Santas Misas.
Hay que traer: celebret del superior, alba
y estola, Biblia, una radio con las frecuen-
cias FM y auriculares
(para las traduccio-
nes simultáneas). Invitamos a todos a propa-
gar estas informaciones a través de los
medios de comunicación a su disposición,
para que pueda participar el mayor número
posible de sacerdotes.
Villanova M., 25 de marzo de 2007
Resp. Ing. Lanzani - Tip. DIPRO (Roncade TV)
Que por intercesión de don Angelo,
de quien el 3 de marzo celebramos
el 7º aniversario de su desaparición,
el Dios de toda misericordia
os bendiga a vosotros y a vuestras familias.
El Eco de María es gratuito y vive sólo de
donativos que pueden hacerse
por CORREO:
en este número de cuenta:
141 242 226 a nombre de
Eco de María
CP 47 - 31037 LORIA (TV)
por VÍA BANCARIA:
Associazione Eco di Maria
Banco de Valencia
(Gruppo BANCAJA)
IBAN: ES59 0093 0999 1100 0010 2657
Gracias por la ayuda para
difundir el mensaje de María
Para nuevas suscripciones o para modifi-
caciones
en la dirección escribir a la
Secretaría del Eco
CP 47 31037 LORIA (TV) Italia
http://www.ecodimaria.net
Agradecemos de todo corazón a quien ya
se ha hecho instrumento de la providencia
para el Eco enviando su donativo. Que el
Dios de todo bien recompense vuestra gene-
rosidad con el céntuplo en gracia y bendición.
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