Comentario del Mensaje, 25 de junio de 2005

Other languages: English, Deutsch, Español, Français, Hrvatski, Italiano, Polski, Slovenčina

Queridos hijos! Hoy les agradezco por cada sacrificio que han ofrecido por mis intenciones. Hijitos, los invito a ser mis apóstoles de paz y de amor en vuestras familias y en el mundo. Oren para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe por el camino de la santidad. Yo estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

La Virgen termina cada mensaje suyo con estas palabras: “Gracias por haber respondido a mi llamado.” Como si quisiera con su agradecimiento estimular, despertar nuestros corazones a fin de que la escuchemos y nos decidamos a caminar por la vía de la conversión y de la santidad. Hoy nos agradece por cada sacrificio que le hemos ofrecido por sus intenciones. En sus mensajes anteriores, en los aniversarios de sus apariciones, nos ha dicho: “Hoy quiero agradecerles por todos los sacrificios y por todas las oraciones” (25.06.1990). “Hoy estoy feliz aun cuando en mi corazón haya un poco de tristeza por los que han iniciado este camino y luego lo han abandonado.” (25.06.1992). Aunque sabe que no todos sus hijos aceptarán sus palabras maternales, Ella no desiste, cree y no pierde la esperanza. Por eso dijo: “Son muchos los que no quieren escuchar mis mensajes ni aceptar con seriedad lo que digo, por eso es que los invito y ruego para que con sus vidas y en la vida de todos los días den testimonio de mi presencia.” (25.06.1991).

Los mensajes de la Virgen nos descubren y nos hablan del corazón de María. Es el corazón de una madre que ama a sus hijos. Es un corazón que agradece por cada sacrificio que hemos ofrecido por sus intenciones. Es necesario que oremos y demos día tras día nuestro corazón al corazón de María para que también nosotros seamos agradecidos.

Solamente un hombre ciego no ve que todo en la vida nos ha sido dado y que nada es nuestro: ni la tierra, ni la gente, ni el cuerpo que tenemos, ni la vida que Dios nos ha dado. Todo es don de Dios. Solamente un corazón humilde, puro y simple descubre la grandeza del amor Dios y del don de Dios. Unicamente un corazón como el corazón de Santa Isabel lleno del Espíritu Santo ha podido clamar: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,43). El corazón de Isabel se siente agradecido porque en la visita de María reconoce el don y la bendición.

Dios nos creó a todos, y no por cualquier razón, o de cualquier manera, sino de una manera maravillosa, divina y por amor. Es necesario aprender de nuevo el abecedario del habla y de la conversación con Dios. Es necesario aprender a decir gracias. Y no sólo decir gracias como una expresión superficial de la boca, de la lengua, de la inteligencia, sino de todo nuestro ser y de nuestra vida.

Dios nos ha dado algo más que la vida y de todo lo creado para nosotros, se nos ha dado a sí mismo en la persona de Jesucristo. Jesucristo se nos ha dado a sí mismo en la plenitud de la vida y del amor, en la Iglesia y a través de la Iglesia, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía.

En estos días y en estos tiempos nuestros, Dios nos envía a la madre de su Hijo Jesús y nuestra madre, a fin de que lleguemos a ser sus apóstoles de paz y de amor en nuestras familias y en el mundo. Nuestras familias y el mundo necesitan personas que difundan la paz y el amor, porque hay demasiada intranquilidad, miedo, oscuridad y maldad entre nosotros. La Virgen que habita en la gloria celestial y desde allí viene y nos habla, sabe que el amor y la paz son más poderosos, que vale la pena difundir el amor y la paz. La Madre María sabe también que no podemos lograrlo con nuestras propias fuerzas, por eso nos dice que oremos al Espíritu Santo por quien concibió a Jesús. Nos estimula a orar al Espíritu Santo por cuya fuerza y poder los apóstoles se convirtieron en testigos valerosos de Jesús, llegando incluso a derramar su sangre por El. Nosotros no podemos, pero el Espíritu Santo puede en nosotros. Hemos sido llamados a la santidad y a la consagración de nuestra vida. Por eso también San Pablo nos advierte: “La voluntad de Dios es que sean santos.” (1 Tes 4, 3). Solamente en el camino de la consagración y de la santidad podemos experimentar la alegría y la autenticidad de las palabras de la Sagrada Escritura: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús.” (1 Tes 5, 16). No estamos solos ni hemos sido abandonados. La Madre María está con nosotros y nos da su bendición maternal.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.06.2005


Para de comparación con distinto lingüístico versión escoja

Para que Dios pueda vivir en sus corazones, deben amar.